HISTORIA DE LA PESCA SUBMARINA

Por Emili Junyent

El hombre y el mar

La pesca submarina tal y como hoy la entendemos es ciertamente una práctica deportiva joven, con poco más de medio siglo de vida, pero sus orígenes se confunden con los de la historia de las actividades subacuáticas. La relación entre el mar y los seres humanos es tan antigua como la propia historia de la humanidad. La fascinación ejercida por ese inmenso mundo sumergido, mezcla de temor y curiosidad, ha sido descrita, racionalizando unos sentimientos siempre apasionados hacia el gran azul, como una atávica "llamada de las profundidades", una inconsciente voluntad de retorno a los orígenes evolutivos de nuestra especie. Jacques Mayol construyó hace años en esta línea una hermosa mentira: homo delphinus; una teoría evolutiva según la cual una etapa acuàtica habría precedido a nuestros primeros pasos erguidos sobre la tierra (MAYOL 1986).

Nada mas alejado de la realidad. La ciencia no ha probado nada parecido y si sabemos, en cambio, que los primates y los primeros homínidos profesaron un miedo atávico al agua y que las barreras hídricas, lagos, rios y por supuesto mares, desempeñaron un papel decisivo en la distribución africana de gorilas, chimpancés y homínidos y en la colonización del gran continente euroasiático por parte de los primeros homo desde el Este Africano. Y la historia real no fue menos hermosa. El ser humano hubo de aprender a dominar su miedo y a conocer el mar, para primero comenzar a aprovechar sus recursos, después navegar sus aguas y más tarde agudizar el ingenio para penetrarlo. La conquista del mar por hombres y mujeres constituyó un evidente hecho cultural, ligado al desarrollo de la sociedad, y necesitó tiempo, tesón e innumerables sacrificios para superar un medio extraño y peligroso.

Los cazadores-recolectores ante-neanderthal del Paleolítico Inferior, descubridores del primer fuego europeo, que vivían hace mas de 400.000 años en Terra Amata (Niza), utilizaban recursos marinos y consumían ocasionalmente doradas; y al menos desde el Paleolítico Medio nuestros antepasados pescaban, es decir atrapaban peces sirviendose de arpones y anzuelos. Desde entonces se recolectan mariscos y crustáceos para comer o hacer collares y adornos y se aprovechan las mareas. Y aún hubieron de transcurrir milenios para que las primeras embarcaciones surcaran sus aguas durante el Neolítico.

Sumergirse en el mar constituyó un reto insuperable hasta que se desarrollaron las primeras civilizaciones históricas y el ser humano comenzó a plantearse como dominarlo o, al menos, penetrarlo. Y lo hizo de tres maneras: soñando, utilizando sus propios y limitados recursos físicos e inventando artilugios.

Pensando, dando rienda suelta a la imaginación, convertía sus deseos en realidades imaginarias, fábulas y leyendas, y realizaba sus sueños a través de personajes mitológicos, mitad humanos y mitad peces, dioses y diosas, tritones y nereidas que habitaban en sus profundidades. La mitología griega constituye un muestrario precioso del que retendremos a Glaucos, divinidad marina que había sido un pobre pescador en Beocia. Un día, después de dejar la pesca sobre la hierba, observó como los peces recobraban vigor y movimiento y volvían al agua; él también comió la hierba mágica y se lanzó al mar, donde Tetis y las Nereidas le acogieron, haciendole inmortal.

Zambulléndose en apnea como nos relatan los textos homèricos atribuidos al siglo VIII a.C. o prueba indirectamente la mención por Hipócrates del uso medicinal de esponjas en el IV a.C.

Inventando instrumentos como los odres llenos de aire, auténticos pulmones artificiales, representados en los relieves asirios y en pinturas egipcias o el tubo, usado por Cyana, hija de Scyllas, para acercarse sin ser vista a la flota persa y cortar las amarras de las embarcaciones (480 a.C.) o descrito por Aristóteles, que en el siglo IV a.C. reflexionaba también sobre la campana de aire, el efecto de la presión sobre el oido y el uso del aceite.

Las motivaciones que han empujado a lo largo de la historia a hombres y mujeres a la conquista del mar son diversas. No sólo la necesidad o el hambre, usos militares o la recuperación de tesoros han constituido estímulos; también la curiosidad o el afán lúdico, la búsqueda de placer, han sido un acicate al ingenio humano.

A los ejemplos mencionados del uso militar de submarinistas en apnea o provistos de tubo, pueden añadirse otros como el relatado por Tucídides referido al sitio de Siracusa (413 a.C.) y la expugnación de las defensas de su puerto, el de los macedonios contra Tiro (332 a.C.) y el curioso caso narrado por Lucano, quien explica en la Pharsalia, los feroces combates marítimos entre pompeyanos y cesarianos en el cerco de Marsella (48 a.C.), en los que sobresalía un temible guerrero cuya capacidad de apnea le permitía ahogar en mortal abrazo a cuantos enemigos conseguía arrojar al agua. Una serie interminable de ejemplos nos llevaría a los hombres-rana de combate de la Segunda Guerra Mundial.

Los casos en los que la innovaciones se vinculan a la recuperación de tesoros son tan o más conocidos. Ya en época romana, esta actividad había llegado a un grado tal de desarrollo que se encontraba profesionalizada y reglada por leyes que fijaban recompensas en relación con la profundidad y el riesgo. Estos especialistas llamados urinatores utilizaban piedras como lastre y, según nos explica Plinio en su "Historia Natural", se sumergían con una esponja en la boca, empapada en aceite que una vez en el fondo expulsaban lentamente comprimiendola; conseguían de esta forma mejorar la visibilidad, gracias a que el índice refractor del aceite en el agua es semejante al del ojo humano. También el mítico buceador y nadador Nicolás, apodado El Pez, citado por Cervantes en el Quijote, se dedicaba entre otras a esta actividad. Pero quizás el episodio más celebre y aún inacabado sea el de la recuperación de los galeones españoles hundidos en la Ruta de la Plata a lo largo de los siglos XVI y XVII.

Unidas a la condición humana, la sed de aventura o la simple curiosidad han constituido siempre un estímulo capaz de hacernos asumir riesgos y percibir como un desafio lo desconocido. Una antigua leyenda lo explica a la perfección: se cuenta que Alejandro Magno, dominador del mundo y hastiado de todo por conocido, entendió el mar como un último reto y se hizo construir una campana de vidrio para sumergirse en él.

Estas primeras invenciones inician un largo camino jalonado por innumerables descubrimientos y mejoras técnicas (escafandra de Borelli, campana de Haley, escafandra de Klingert, etc.) destinadas a prolongar el tiempo de permanencía bajo el agua hasta alcanzar a los submarinos robotizados usados en la exploración del Titánic a casi cinco mil metros de profundidad o los ya populares "scooters" subacuáticos. Todos ellos, y muchísimos más, forman parte de la aventura subacuática pero nos alejan de la historia de la pesca submarina practicada en apnea. Retendremos por enorme trascendencia uno más, el autoregulador y la escafandra autónoma de Cousteau-Gagnan (1943). Por su sencillez y facil manejo, ha tenido un impacto enorme y con su popularización la aventura submarina se desdobla definitivamente: por un lado, el escafandrismo, immersiones profundas y larga duración con la ayuda artificial y, por otro, la apnea, immersiones cortas pero seguidas, optimizando los recursos del propio cuerpo.